miércoles, 22 de julio de 2009

In Diana Jones

“Puedes comer del fruto de todos los árboles del jardín, menos del árbol del bien y del mal"
Dios Cruel y Vengativo, Gen 2:16-17

Tenemos un acuerdo tácito: nadie entra en la antigua habitación de Víctor. Nadie toca lo que hay allí. Nadie pregunta, nadie ve. En medio del pasillo no hay una puerta de los años setenta. No vi nada, agente. Nada. Soy un sencillo hombre de campo.
El piso tiene dos habitaciones grandes, una muy pequeña (convenientemente habitada por el hombre más corpulento del equipo) y un almacén de tamaño medio, anteriormente conocido como "la habitación de Víctor de cuando era niño". Con el paso de los años, después de que su familia se trasladara, alguien que no se fijó mucho puso un agujero negro que fue absorbiendo todo lo que había en los alrededores y no estaba anclado con un par de pernos del doce. El proceso se aceleró cuando empezamos las obras.
Para que os hagáis una idea, es más o menos como el almacén donde guardan los trastos que Indiana Jones va encontrando por el mundo (que, por cierto, lo alquiló la madre de Indi en un ataque de nervios cuando él cumplió diez años: "¡Cojona con el niño urraca! ¡Me tiene el comedor lleno mierda!", declaró). Víctor tardó ocho años en devolverme un libro con la excusa de que lo tenía guardado allí. Y no me quejé demasiado. Y Piña, el hámster, era un Gran Danés antes de desaparecer en esa habitación durante un par de semanas.
Diversos testigos, valientes e inconscientes, afirman que entraron y vieron una lata de Cherry Coke. Incluso así, cuando comentamos qué se podría hacer en esa habitación en el caso de que "alguien" la vaciase, Víctor sólo hace referencia al armario empotrado. Es muy grande, al parecer. ¿Por qué siempre habla del armario empotrado? Hay otro armario. ¿Es peor porque no está empotrado? ¿Hay clasismo en el mundo de los armarios? ¿Qué tiene dentro del armario? ¿Cuántos sacos de patatas caben en un armario empotrado? No debería haber dejado de ver Los Soprano.
Dicho sea de paso, y hablando de objetos ocultos, no todo es malo en el piso secreto de los misterios: el otro día encontré una Playboy. Edición especial: "Mujeres en la intimidad". Es un interesante, completo y detallado fotoreportaje que investiga por qué van las mujeres juntas al baño. Visto desde fuera, parece divertido.



 

lunes, 6 de julio de 2009

La delgada línea roja

Cuando enseñas fotos o le hablas a alguien de los hámsters hay dos reacciones:
1/ Es un bicho asqueroso.
2/ ¡Qué mono!
Evidentemente, los dos se equivocan.

Nuestro cuarto inquilino, Piña, es una hámster Roborovski. Los hámsters Roborovski nacen en grupos de 4 a 6 hamstercitos, después de un embarazo de 21 días:



Crecen rápido, y son fértiles (y sexualmente activos) a las 5 semanas de vida, lo cual es precoz incluso para los cánones adolescentes actuales. Viven 3 o 3 años y medio, en los que tienen como actividad principal dar vueltas a una rueda:



Vamos a hacer cálculos: una pareja de hámsters, ¿cuánta descendencia puede tener durante su vida? Hay que tener en cuenta que el tema del incesto no lo tienen claro y que, en general, si pueden dormir calientes hacen poco caso de las habladurías de la jaula. Tiran más seis tetas que seis carretas, dicen. Total, que es una progresión geométrica:

N(c) = N(0)( 1 + h/2 ) c

donde N(c) es el número de hámsters que tenemos después de la camada c, h es el número de hámsters por parto (6) y N(0) = 2, la pareja inicial. Como son fértiles a las 5 semanas y el embarazo dura 21 días, asumiremos que la fiesta empieza a los tres meses de nacer y que continua cada trimestre mientras el cuerpo aguanta: 14 partos, señora. Por lo tanto:

N(14) = 2 (1 + 6/2)14 = 536.870.912 hámsters.

Una anciana pareja de hámsters, en verano, tiene que entretener a quinientos trenta y seis millones de nietos, mientras sus padres se ganan el jornal y huyen del lindo gatito. Quinientos treinta y seis millones de niños en la piscina dando por saco. Quinientos treinta y seis millones de bocadillos de Nutella por la tarde. Sin olvidar que, mientras tanto, la abuela hámster estará embarazada otra vez. Éste es el motivo por el que viven tan poco: no es que su vida sea corta porque sí, es que desean morir.
Sigamos con las matemáticas. Si en una superficie de un metro cuadrado caben 1000 hámsters, ¿cuánto tiempo tardará la pareja de hámsters del ejercicio anterior en generar suficientes hámsters como para llenar toda la superficie del planeta?
Para quien no lo sepa, las tierras emergidas hacen un total de 148.940.000 km2, así que podemos llenar el planeta con sólo 148.940.000.000.000.000 hámsters. ¿Cúanto tiempo necesitamos, diríais? Haced los cálculos: siete años y tres meses1. Siete putos años. ¿Ha quedado claro? En sólo siete años podemos acabar viviendo sobre icebergs a la deriva, invadidos y exiliados por un montón de roedores peludos.
Los hámsters son astutos y peligrosos. Han esperado a que nos cargásemos las águilas, las serpientes y los extraterrestres verdes de "V", y ahora tienen vía libre. En cuanto nos descuidemos invadirán el mundo. Sólo nos queda la Vigilancia Permanente. Vigilancia Permanente, sin excusas.
Al plantearnos la operación piso-compartido tuve que informar a mis futuros compañeros: les dije que, acogiéndome, asumían la responsabilidad de impedir que los roedores llevaran a cabo su plan e impusieran su cruel tiranía. Javi, nervioso, se puso en pie, y, mirando al infinito, pensó en Marilyn y, ya de paso, en Kennedy: "No me pregunto lo que mi país puede hacer por mí. Me pregunto qué puedo hacer yo por mi país". Víctor, con lágrimas en los ojos, alzóse y gritó "¡¡¡Dios salve a la reina!!!". Y se fundieron en un abrazo fraternal y varonil. Estoy orgulloso de ellos.
Hemos asumido voluntariamente el sagrado deber de evitar que nuestra hámster Piña conozca varón. Cuando muramos, alguien se dará cuenta de que hemos salvado a la humanidad de la destrucción y esculpirá unas ruedecitas de hámster en las lápidas. Me faltan los epitafios. Se aceptan sugerencias.

1 El cálculo es un poco más complicado, dado que hay que tener en cuenta que los hámsters van muriendo de viejos. Pero básicamente es
N(c) = (N(c-1) - N(c-15)) * (1+h/2)
siendo N(c) el número de hámsters en la camada c, con N(0) = 2 y N(c<0)=0, y el 15 es debido a que un hámster vive 3 años y medio, o 14 camadas, así que muere en la decimoquinta.


 

viernes, 26 de junio de 2009

Organización

Uno de los problemas más importantes que nos estamos encontrando en casa es la falta de organización, triste pero cierto. Hay temas que nos son bastante secundarios, la compra de comida cuando no hay nadie para comérsela, la falta de cerveza cuando si hay gente sedienta, nos faltan platos y nos sobran vasos, ni hablar de los cientos de cuchillos de cocina que parecemos faquires más que ingenieros... cosas de estas.
Pero hay un tema que a todos nos preocupa mucho más, la organización de la nocturnidad. A falta de unas habitaciones en condiciones, las posibles ubicaciones nocturnas son limitadas. Imaginemonos que por una coincidencia de la vida una noche de estas por fin cae la chica esta que llevabas tiempo rondando... fantástico, espectacular, estas euforico, buah eres el puto amo, rebosante de optimismo y preveiendo una noche grandiosa la invitas a hacer la “última en casa” ella acepta, esto va viento en popa, la llevas a tu nuevo “palacete” en reformas, pensando que al menos te quedan los sofás... imaginaros la cara que puso ella cuando a las cinco de la mañana se encuentra a uno de tus compañeros de piso, durmiendo espachurrado por el sofá, solo cubierto por una especie de pantalón-calzoncillo-taparrabos, allí, tan feliz, dormidito cual bebé el cabronasso y con indicios de roncar... eso es un destrempe y lo demás son tonterías.
No os penséis que el tema acabó aquí, me presento el domingo siguiente a la una del medio día, a ver si enyesaba un ratito y que me encuentro? Al mismo impresentable, en la misma posición, con la misma cosa tapándole las vergüenzas... al oirme decidió que era buena hora para levantarse. Pero claro no podía permitirme conseguir mis objetivos como ya hizo horas antes. Esta vez por eso, no fue tan duro el ataque, cuando le comente de ponernos a pintar o algo productivo, sugirió abrir unas cervecitas y ver la formula 1, por segunda vez en 8 horas me vi obligado a renunicar mis planes.

Que no digo que no sea culpa de nadie, solo que en esta casa hace falta organización.

martes, 23 de junio de 2009

Una de miedo

De las primeras cosas que hicimos en el piso fue proyectar "Los Sin Nombre", una de las primeras películas de Balagueró. Decían que daba mucho miedo, y que había que verla. Afortunadamente para Balagueró y desgraciadamente para los miedicas, la experiencia es un grado.
Las pelis de miedo me dan mucho miedo, sobretodo si hay japoneses bajitos. En todas las películas japonesas de miedo que he visto, o el niño es un fantasma cabrón o está atrayendo a los fantasmas cabrones. Son un mal negocio los mires como los mires.
El piso en este momento está lleno de cajas, botes y escaleras y de los resultados del síndrome de Diógenes de Víctor. Es el típico sitio que da mal rollo si te quedas solo después de ver una de esas pelis. O si te quedas solo pintando, para qué engañarnos. Ya han pasado algunas cosas raras y sospechosas, y empiezan a ser demasiadas.
Un día estábamos los tres en el comedor, discutiendo sobre el sentido de la existencia, cuando, de repente y sin preaviso, se encendió la luz de lo que algún día será mi habitación. Reímos un poco, hicimos hipótesis sobre el interruptor rebelde, y enviamos a Víctor a apagarlo. Volvió más o menos bien, como de costumbre. Algo pálido.
Al cabo de unos días vencí el miedo y me decidí a volver. La casa desplegaba la actividad habitual, así que estaba vacía. Nadie en ningún lado. Me cambié de ropa, busqué los aparejos de pintura y, al pasar junto a la minicadena, se encendió. Sin provocarla ni nada, por sí misma. Hacía semanas que no funcionaba. Sonaban Los Cuarenta Principales.
Evidentemente, no he vuelto a acercarme a la minicadena. Desde entonces escucho la radio del móvil, o le hago reproducir algún programa bajado de Internet. El acuerdo funcionó durante unos días: yo no tocaba el interruptor satánico ni la minicadena autoencendible y ellos no me proporcionaban sustos. Hasta que llegó el día en que empecé a pintar de rojo sangre la pared de una habitación. De fondo tenía el móvil con un programa de historia. Algo sobre faraones y momias. Brochazo, extensión, cobertura, uniformidad. Era una pintura espesa, que goteaba lentamente pero con tenacidad. Una de las veces que cogí el mocho para fregar las gotas de sangre del suelo, el móvil se quedó mudo por un instante, hubo un golpe de aire y, con claridad, un grito atravesó la habitación:

- ¡Señooooooora!

Para una vez que me toca tener un fantasma, me sale rana. Vamos a ver: soy un hombre; gritarme "¡Señooooora!" no es adecuado en casi ningún idioma. En cualquier caso, me habría gustado ver cómo continuaba la conversación: "¡Venga, señora! ¡Que tengo unos boquerones fresquísimos!" ¿Qué tipo de ectoplasma se manifiesta diciendo "Señooora"?
Si vamos a tener entes paranormales en casa, exijo seriedad. Y que dejen en paz a mi móvil, que me costó una jartá de puntos Vodafone.



 

jueves, 18 de junio de 2009

Ensalada de Cangrejo o como luchar contra los elementos

El otro fin de semana fue muy, por decirlo de alguna manera, hogareño. Llegó el Sábado, compré alguna que otra cosilla para comer y hermité hasta el domingo por la tarde. Me parece que ha sido de las pocas veces que ha entrado comida, propiamente dicho, en el piso. Y por comida no entendemos patatas fritas, ni coca colas, ni ganchitos, ni mejillones en escabeche. Bueno, aceptamos los mejillones en escabeche como comida. Pero el resto no!

Cuando llegué al piso, y como ya es costumbre, me saludaron los platos amontonados en la mesita del comedor. "Hola Javi, porqué no nos limpias? Ya llevamos tres días aquí". Lo cierto es que como tampoco estamos viviendo, cuando nos vamos del piso, a veces en estados impensables e indescriptibles, pues todo se queda como está. Suerte del interruptor general, que lo deja todo bien apagadito (menos la cocina).

Al entrar en la cocina todo era alegría y algarabía. La cacerola tirándole los trastos al rallador, el cubo de la basura bailando clacké, las cucharas se habían montado un grupo de percusión con las ollas y sartenes y el microondas le lanzaba besitos a la nevera. Verlo para creerlo.

Una vez se consiguió imponer orden en la cocina, me dispuse a cocinar lo que había comprado. Materiales de los que disponía:
  • Lomo
  • Palitos de cangrejo
  • Nata
  • Huevos (2, y no quiero ninguna broma)
  • Pimienta Verde
  • Mayonesa
Llegados a este punto podía hacer dos cosas: Un poti poti de todo y que salga lo que el Dios Adrià quisiera, o caer en recetas clásicas, conocidas y no arriesgar mucho. Ensalada de cangrejo y lomo a la pimienta verde.

Pongo la receta, por si alguien se anima con los dos platos más difíciles de la cocina mediterránea.
Ensalada de cangrejo: Palitos de cangrejo, Huevo (endurecido) y mayonesa. Se pica todo, se mezcla y se deja enfriar. Uau, qué chungo.
Lomo a la pimienta verde: Se hace el lomo, se rebaja la nata con la pimienta y se termina de hacer el lomo en la salsa. Uau, qué chungo.

¿FSM recién levantado o ensalada de cangrejo pocha?


La próxima vez a ver si me atrevo con las fresas con nata, que he visto por ahí que tienen su complicación.


[Nota al pie: Meritxell, me uno a los agradecimientos de Jordi y te invitamos a hacer un café y charlar del libro. Scarlett, yo tb he escuchado el disco y estoy seguro que en directo suena mejor. Te invitamos a un café y luego ya veremos qué hacemos.]



martes, 16 de junio de 2009

De jabones y hombres

El primer electrodoméstico que tuvimos en casa fue una máquina para cocinar perritos calientes. Comprada en una tienda de restos de serie por un precio ridículo. En la tienda un cartel decía que obtenían los productos de embargos y subastas, quiebras y concursos de creditores. Lo mejor de cada casa.
Cuando entré a pedir la máquina de los perritos la dependienta pareció asustarse por un momento. No debe estar acostumbrada a tener clientes, la mujer. Se sobrepuso enseguida y el resto de la transacción lo hizo como si encontrara normal que alguien comprara una máquina para cocer perritos calientes. Muy profesional. Tuve la impresión de estar comprando pornografía de alguna parafilia extraña en un sex-shop: "Tranquilo, tío: si supieras la cantidad de personas que se excitan viendo atunes, alucinarías. Disfruta de tus pescados. Vuelve cuando quieras".
Ahora estamos recibiendo aparatos más prosaicos y con menos glamour tales como la lavadora, el frigorífico y el lavavajillas. En general todos hacen lo que dicen que hacen, con algunas sutilezas. La máquina de cocinar perritos calientes cocina perritos calientes, la lavadora lava y el frigorífico refrigera.
Pero ahí tenemos el lavavajillas, que por el nombre suponemos que debe lavar vajillas pero que todavía no ha dado muestra alguna de vida. Es como si estuviera de vacaciones. No hay manera. Tardamos un par de días en descubrir que hay que enchufarlo, pero ni así. Hay dos cosas que me desconciertan:
  1. La pantallita sólo se enciende al apretar combinaciones crípticas de botones cuando la puerta está abierta. No con la puerta cerrada. Jamás. Si la puerta está cerrada, estás intentando cobrar un cheque barrado en un banco equivocado, en metálico, un lunes por la tarde.
  2. Antes de intentar siquiera ponerlo en marcha tienes que tener muchos productos arcanos: jabón, agua, sal y abrillantador. Mi abuela ni tan siquiera tenía estropajo. Pero si no los pones el lavavajillas no es que siga sin funcionar (como antes), sino que además te mira mal y envía SMS a sus colegas: "Sí, tío: ¡sin abrillantador! Estos tipos son la hostia".
El otro día Víctor me contaba su última experiencia: "Hasta llegué a mirar el manual. El hijo de puta no se dejaba. Cada vez que daba a los botones y cerraba la puerta, el cabrón se ponía a pitar. Piiiip. Piiiip. Piiiiip. Y otra vez: abre la puerta, mira el manual, aprieta botoncitos y cierra la puerta. Piiiip. Piiip. Piiiip. Mamón. Con lo contento que estaba con nuestra lavadora a prueba de idiotas, viene el puto lavavajillas y lo jode. Total, más de media hora probando combinaciones: una, la otra y otra más. Hasta que, no sé por qué, cerré la puerta y no se quejó. Parecía que se estaba preparando. Fue maravilloso. Esperé unos segundos, porque no me lo creía, y al final me convenció. No se quejaba; no había errores raros. Me dio un subidón y empecé a bailar por la cocina, feliz: tchum... tchumm.. yep... yep... ¡yihaaaa! tchum... tchumm.... Piiiiiip. Piiiiiip. Piiiip. Piiiiiiip. Piiiip. Piiiiiip. La felicidad duró 15 segundos. Odio a este lavavajillas. Todavía no sé cómo funciona".


Nota al pie: Quiero agradecer a Meritxell Gil que se pasara a saludar por la entrada en la que hablamos de su libro. También aprovecho para deciros que esta semana estoy escuchando sin parar el primer disco de Scarlett Johansson, gran actriz y mejor persona, y que no os lo podéis perder. Id hoy a la tienda, comprad quince o veinte, quedaos uno y regalad el resto a vuestros familiares y amigos. Es excelente, de verdad.
(Scarlett, la pelota está en tu tejado)


 

miércoles, 10 de junio de 2009

Matadlos a todos

El cesto de la ropa sucia (de IKEA) ha sido la causa de nuestra primera discusión seria. No daré nombres, pero una de las facciones opina que es pequeño y la otra opina que cuando esté lleno seguramente será un buen momento para poner una lavadora.
Normalmente cuando tres tíos adultos, tripudos y peludos se gritan con una cerveza en la mano suelen estar hablando de fútbol. Así que sorprende ver cómo una de estas conversaciones se acaba con un "¡No pienso poner mis tangas con vuestros calzoncillos!".
El tema fue zanjado en seco y no se ha vuelto a plantear, pero como resultado del enfrentamiento (especulo), esta semana tenemos escasez de platos (quedan cuatro) y ha habido un alarmante aumento en el número de cuchillos que hay en casa. La mayoría grandes y sólidos, nuevos, de buen filo. También hay uno pequeño al que al parecer llaman "puntilla", que tampoco me da buena espina. Tiene una mirada siniestra.
Así que he decidido prepararme: esta semana estoy leyendo "Cómo llegué a odiar a mis compañeros de piso", de Meritxell Gil, editado por Diavolo. Instructivo. Muy instructivo. Le he escrito un mail, pidiéndole la segunda parte: "Cómo llegué a deshacerme de mis compañeros de piso".
Si vis pacem, para bellum. No te digo na y te lo digo to.
Voy a ver Dexter.